Columnas de Opinión

Diario El País Uruguay

Hernán
Bonilla

Presidente y fundador

Hombres de sistema

05/09/2023

Retomando el análisis de la Teoría de los sentimientos morales de Adam Smith, vale la pena detenerse en la posición que defendió respecto a las virtudes del libre albedrío que permite el orden espontáneo en contraposición a los regímenes que constriñen la libertad. Smith se oponía al abuso de la razón cartesiana -el racionalismo constructivista como lo llamó Hayek- que pretende que todas las instituciones sociales, incluso la propia moral, deben pasar por el tamiz de la razón individual. Pensaba que el dinero, el lenguaje o el propio mercado, no eran invenciones de una persona, más aún, desconocemos su origen, se desarrollaron a lo largo del tiempo en un proceso de prueba y error en que intervinieron innumerable cantidad de personas y están sujetas a ir mutando permanentemente. Esta posición “antirracionalista” queda en evidencia cuando expresa que “es bastante absurdo e incomprensible pensar que las primeras nociones del bien y el mal puedan dimanar de la razón”. Como comenta Dennis Rasmussen: “Hume había consagrado buena parte de los esfuerzos a rebatir el racionalismo moral, pero Smith simplemente da por hecho que el ahínco de Hume y Francis Hutcheson ya lo había desarbolado por completo.” A la oposición del racionalismo en términos filosóficos y morales le siguen consecuencias prácticas de primer orden. Un ejemplo muy conocido, y de vital importancia en términos de su visión de la política y la economía, es el rechazo de lo que llama los “hombres de sistema”, vale decir, los racionalistas constructivistas que piensan que pueden jugar a la ingeniería social sin destruir los cimientos mismos de la civilización. Smith se refiere al “hombre doctrinario” que “se da ínfulas de muy sabio y está casi siempre tan fascinado con la supuesta belleza de su proyecto político ideal que no soporta la más mínima desviación de ninguna parte del mismo”. Y prosigue más adelante: “Se imagina que puede organizar a los diferentes miembros de una gran sociedad con la misma desenvoltura con que dispone las piezas en un tablero de ajedrez. No percibe que las piezas del ajedrez carecen de ningún otro principio motriz salvo el que les imprime la mano, y que en el vasto tablero de la sociedad humana cada pieza posee un principio motriz propio, totalmente independiente del que la legislación arbitrariamente elija imponerle.” Ciertamente que estas apreciaciones son perfectamente consistentes con las que plasmará luego en La Riqueza de las Naciones. Ya se encuentran presentes algunas ideas fundamentales como la enorme arrogancia y el seguro camino al error de quien pretende dirigir la vida de las personas a través de un plan deliberado. Smith tenía claro lo que luego perdieron de vista muchos presuntos estadistas, como que cada persona es un fin en sí mismo, que nadie conoce mejor las circunstancias, motivaciones y capacidad de aporte de cada ser humano que uno mismo y que lo mejor para la sociedad es permitir el libre desenvolvimiento de los proyectos individuales y los colectivos que se generan voluntariamente. La dura advertencia de Smith sobre que las sociedades que debe soportar a los “hombres de sistema” inevitablemente “padecerá siempre el máximo grado de desorden” parece haber sido escrita para la América Latina del siglo XXI.